En cualquier caso espero que lo disfrutéis tanto como yo lo he hecho (Jace ♥).
PORQUE ES AMARGO
La escena tiene lugar entre las páginas 177 y 181 (edición española del libro) de Ciudad de Ceniza, en el capítulo de la Corte Seelie (capítulo 8). En esta ocasión desde el punto de vista de Jace.
Este fragmento es un regalo que Cassandra prometió hacer cuando llegara a los 25000 seguidores en Twitter.
—Sé que no dejaré a mi hermana en vuestra corte —contestó Jace—, y puesto que no hay nada que averiguar ni de ella ni de mí, ¿quizá nos haríais el favor de liberarla?
La reina sonrió. Una sonrisa hermosa y terrible. Era una mujer bella que poseía la inhumana hermosura propia de las hadas, más cercana al atractivo del duro cristal que al de un ser humano. No aparentaba una edad en particular: bien podía tener dieciséis que cuarenta y cinco. Jace supuso que había quienes la hubieran encontrado atractiva —personas habían muerto por el amor de la reina— pero ella le producía una sensación fría en el pecho, como si tragara agua helada demasiado rápido.
—¿Y si os dijera que puede ser liberada mediante un beso?
—¿Queréis que Jace os bese? —preguntó Clary, perpleja.
Mientras la reina y su corte reían la sensación helada en el pecho de Jace se intensificó. Clary no entendía a las hadas, pensó. Había intentado explicárselo, pero no había explicación, no realmente. Lo que fuera que la reina quería de ellos no era un beso suyo; de ser así podría haberlo exigido sin armar todo aquel espectáculo sin sentido. Lo que deseaba era verlos clavados y forcejeando como mariposas. Eso era algo en lo que había pensado a menudo, en lo que la inmortalidad te hacía: embotaba tus sentidos, tus emociones. Por eso, las fuertes, incontrolables y lamentables respuestas de los seres humanos eran para las hadas como la sangre fresca para un vampiro. Algo vivo. Algo que ellos mismos no poseían.
—A pesar de sus encantos —dijo la reina girando la mirada hacia Jace —sus ojos verdes, como los de Clary, pero no del todo— ese beso no liberaría a la muchacha.
—Yo podría besar a Meliorn —sugirió Isabelle encogiéndose de hombros.
La reina sacudió la cabeza lentamente.
—No. A nadie de mi corte.
Isabelle alzó las manos, Jace quiso preguntarle qué esperaba —besar a Meliorn no la hubiera molestado así que obviamente a la reina no le interesaba. Supuso que había sido bonito que se ofreciera pero Iz, al menos, debía saberlo mejor que nadie ya que había tenido trato con las hadas anteriormente.
Quizá no se trataba tan solo de conocer la manera de pensar de estas, se dijo. Quizá era más saber cómo pensaban aquellos que disfrutaban con la crueldad por la crueldad. Isabelle era desconsiderada y a veces vanidosa, pero no cruel. La muchacha se echó el pelo negro hacia atrás y frunció el ceño.
—No voy a besar a ninguno de vosotros —dijo con firmeza—. Que quede claro.
—Ni falta que hace —dijo Simon avanzando un paso—. Si un beso es todo…
Fue hacia Clary, quien no se alejó. El hielo en el pecho de Jace se convirtió en fuego líquido; apretó las manos a los costados cuando Simon tomó a Clary suavemente por los brazos y la miró a la cara. Ella descansó sus manos en la cintura de él como si lo hubiera hecho un millón de veces antes. Por lo que Jace sabía quizá lo hubiera hecho. Era consciente de que Simon la quería, lo supo desde que los vio juntos en aquel estúpido café y al otro chico prácticamente ahogándose por encontrar la manera de hacer salir las palabras ‘Te quiero’ de su boca mientras Clary miraba alrededor de la habitación, inquietantemente viva, con sus ojos verdes precipitándose por todas partes. Ella no está interesada en ti, mundano, había pensado con satisfacción. Piérdete. El pensamiento le había sorprendido tan pronto apareció. ¿Qué le importaba lo que esa chica que apenas conocía pensara?
Aquello parecía haber pasado hacía una vida. Ella ya no era una chica a la que apenas conocía, era Clary. La única cosa en su vida que importaba más que cualquier otra, y ver a Simon ponerle las manos encima donde quisiera le hacía sentir enfermo, débil y embargado de una furia asesina. La necesidad de avanzar y separarlos era tan fuerte que apenas podía respirar.
Clary le dirigió una mirada por encima del hombro, su pelo rojo deslizándose por encima de este. Parecía preocupada, lo que fue suficientemente malo. No podía soportar la idea de que sintiera lástima por él. Apartó la vista rápidamente y captó la mirada de la reina, brillante de alegría. Entonces era esto lo que buscaba. Su dolor, su agonía.
—No —dijo la reina a Simon con una voz como el suave corte de un cuchillo—. Tampoco es el beso que quiero.
Simon se alejó de Clary de mala gana y el alivio golpeó a través de las venas de Jace como si fuera sangre, ahogando lo que sus amigos estaban diciendo. Por un momento todo lo que le importaba era que no iba a tener que ver como Clary besaba a Simon. Luego ella pareció enfocarse en su visión: estaba muy pálida, y él no pudo evitar preguntarse en qué estaría pensando. ¿Estaba decepcionaba por no ser besada por Simon? ¿Aliviada como lo estaba él? Pensó en Simon besando su mano más temprano aquel día y apartó el recuerdo brutalmente sin dejar de mirar a su hermana. Alza la vista, pensó. Mírame. Si me quieres me mirarás.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho en la manera que lo hacía cuando tenía frío o estaba molesta, pero no alzó la mirada. La conversación transcurría en torno a ellos; quien iba a besar a quien, que iba a ocurrir. Una rabia sin esperanza se alzó en el pecho de Jace y, como de costumbre, encontró su escape en un comentario sarcástico.
—Bueno, pues yo no pienso besar al mundano —dijo—. Preferiría quedarme aquí abajo y pudrirme.
—¿Para siempre? —dijo Simon. Sus ojos grandes, oscuros y serios—. Para siempre es una barbaridad de tiempo.
Jace le devolvió la mirada. Simon probablemente era una buena persona, pensó. Amaba a Clary y quería cuidarla y hacerla feliz. Con seguridad sería un novio espectacular. La parte lógica de Jace lo sabía y era exactamente lo que debería querer para su hermana. Pero no podía mirar a Simon sin querer matar a alguien.
—Lo sabía —repuso groseramente—, quieres besarme ¿verdad?
—Claro que no. Pero si…
—Imagino que es cierto lo que dicen. No hay heterosexuales en las trincheras.
—Es ateos, imbécil —Simon estaba completamente rojo—. No hay ateos en las trincheras.
Fue la reina quien los interrumpió, inclinándose hacia delante de manera que su cuello blanco y sus pechos se mostraron por encima del escote de su vestido.
—Si bien todo esto es muy divertido, el beso que liberará a la muchacha es aquel que más desea —dijo—. Únicamente ese y nada más.
Simon pasó del rojo al blanco. Si el beso que más deseaba Clary no era el de Simon, entonces… La manera en la que ella miraba a Jace y de Jace a Clary respondió a eso.
El corazón de Jace empezó a latir con fuerza. Encontró sus ojos con los de la reina.
—¿Por qué hacéis esto?
—Yo más bien creía que te hacía un favor —respondió—. El deseo no siempre se ve reducido por la repugnancia. Ni tampoco se puede conferir, como un favor, a aquellos que más lo merecen. Y puesto que mis palabras obligan a mi magia, de ese modo podréis saber la verdad. Si ella no desea tu beso, no será libre.
Jace sintió la sangre inundándole la cara. Era vagamente consciente de Simon argumentando que él y Clary eran hermanos, que no estaba bien, pero lo ignoró. La reina Seelie lo miraba, sus ojos eran como el mar antes de una terrible tormenta, y él quiso decir gracias. Gracias.
Y eso era lo más peligroso de todo, pensó, mientras a su alrededor sus compañeros discutían sobre si Clary y él debían hacerlo, o lo que cualquiera de ellos estaría dispuesto a hacer para escapar de la corte. Permitir que la reina te diera algo que desearas —algo que de verdad, de verdad desearas— era ponerte en sus manos. ¿Cómo lo había mirado ella y lo había sabido?, se preguntó. Que esto era lo que él quería, lo que lo había despertado en sueños, jadeando y sudando. Que cuando pensaba, realmente pensaba, acerca del hecho de que nunca podría besar a Clary de nuevo, él deseaba morir, o herirse, o sangrar tanto que había terminado subiendo al ático a entrenar solo durante horas hasta que estaba tan exhausto que no le quedaba más remedio que desmayarse, agotado. Había tenido contusiones por la mañana. Contusiones, cortes y arañazos y si hubiera podido ponerles nombre a sus heridas todas hubieran tenido el mismo. Clary, Clary, Clary.
Simon continuaba hablando, diciendo algo, enfadado de nuevo.
—No tienes que hacerlo, Clary, es un truco… —dijo.
—Un truco no —aseguró Jace. La tranquilidad de su propia voz le sorprendió—. Una prueba.
Miró a Clary. Se estaba mordiendo el labio, la mano herida en un rizo de su cabello en una postura tan característica, tan parte de ella que le rompió el corazón. Simon estaba ahora discutiendo con Isabelle mientras la reina Seelie se reclinaba y los observaba como un gato elegante y divertido.
Isabelle sonó exasperada.
—¿A quién le importa, de todos modos? Es sólo un beso.
—Es cierto —respondió Jace.
Clary alzó la vista finalmente y sus grandes ojos verdes reposaron en él. Se acercó a ella y, como siempre, el resto del mundo desapareció hasta quedar tan solo ellos, como si estuvieran encima de un escenario en un auditorio vacío. Puso su mano en su hombro para hacerla volverse hacia él. Había parado de morderse el labio, sus mejillas estaban encendidas y sus ojos de un verde brillante. Podía sentir la tensión en su propio cuerpo, el esfuerzo por contenerse, por no tirar de ella hacia él y tomar esta única oportunidad tan peligrosa, estúpida e imprudente, y besarla de la manera que pensó que nunca, en su vida, podría hacerlo de nuevo.
—Es solo un beso —dijo. Y escuchando la aspereza de su propia voz se preguntó si ella la habría oído también. No es que importara —no había manera de ocultarlo. Era demasiado. No había querido así antes. Siempre había habido chicas, y por eso se había preguntado, en la oscuridad de la noche, mirando a las vacías paredes de su habitación, qué hacía a Clary diferente. Era bonita, pero otras chicas eran guapas. Era inteligente, pero había otras chicas inteligentes. Ella le entendía, reía cuando él reía, veía a través de las barreras que había levantado hasta llegar a lo que había debajo. No había Jace Wayland más real que el que se reflejaba en sus ojos cuando lo miraba.
Aún así, quizá, él podría encontrar todo eso en otro sitio. Las personas se enamoraban y perdían y seguían adelante. No sabía por qué él no podía. No sabía por qué ni siquiera quería. Todo lo que sabía era que cualquier cosa que tuviera que deberle al Cielo o al Infierno por esta oportunidad merecería la pena.
Tomó las manos de Clary en las suyas, enlazando sus dedos con los de ella y susurrando en su oído.
—Puedes cerrar los ojos y pensar en Inglaterra, si quieres.
Sus ojos revolotearon al cerrarse, sus pestañas líneas de cobre sobre su piel pálida y frágil.
—Nunca he estado en Inglaterra —respondió. Y la suavidad, la ansiedad en su tono casi lo deshicieron. Él nunca había besado a una chica sin saber si ella lo deseaba también, por lo general más de lo que él lo ansiaba. Hasta ahora, no sabía qué es lo que Clary quería. Deslizó sus manos por las de ella, sobre las mangas de su húmeda camiseta, hasta sus hombros. Sus ojos estaban todavía cerrados, pero se estremeció y se apoyó en él —apenas, pero fue permiso suficiente.
Su boca descendió hasta la de ella. Y eso fue todo. Todo el autocontrol que había ejercido en las últimas semanas desapareció como agua estrellándose contra una presa rota. Los brazos de Clary se alzaron para enroscarse en su cuello y Jace la empujó contra él, ella era suave y flexible pero sorprendentemente fuerte, más que nadie a quien que él hubiera sostenido nunca. Colocó sus manos en su espalda, presionándola contra él, y entonces ella se puso de puntillas, besándole tan ferozmente como él la besaba a ella. Jace movió la lengua por sus labios, abriendo su boca contra la suya, sabía salada y dulce como el agua de las hadas. Se aferró a Clary con más fuerza, anudando sus manos en su pelo, tratando de decirle con la presión de su boca sobre la de ella todas las cosas que nunca podría decir en alto. Te quiero. Te quiero y no me importa que seas mi hermana. No estés con él, no le quieras, no te vayas con él. Quiéreme. Quédate conmigo.
No sé cómo estar sin ti.
Sus manos se deslizaron hasta su cintura y estaba tirando de ella hacia él, perdido en la espiral de sensaciones que corría por sus nervios, su sangre y sus huesos, sin tener ni idea de lo que hubiera hecho o dicho después -como si hubiera habido algo que él nunca hubiera podido fingir-, cuando escuchó el suave silbido de una risa —la reina de las hadas— en sus oídos, y eso lo devolvió a la realidad. Se apartó de Clary antes de que fuera demasiado tarde, desenlazando sus manos de su cuello, y dio un paso atrás. Fue como abrir su propia carne, pero lo hizo.
Clary lo miraba fijamente. Sus labios entreabiertos y sus ojos muy abiertos. Tras ella Isabelle los observaba boquiabierta mientras Simon parecía que estuviera a punto de vomitar.
Ella es mi hermana, pensó Jace. Mi hermana. Pero las palabras no significaban nada. Bien podrían haber estado en otro idioma. Si alguna vez hubiera habido alguna esperanza de que viera a Clary sólo como su hermana, esto —lo que acababa de pasar entre ellos— la había hecho estallar en mil pedazos como un meteorito explotando en la superficie de la Tierra. Intentó leer el rostro de Clary —¿sentía ella lo mismo? Parecía como si no quisiera nada más que darse la vuelta y salir corriendo. Sé que lo sentiste, le dijo con sus ojos, y fue mitad triunfo amargo mitad súplica. Sé que lo sentiste también. Pero no hubo respuesta en su cara, se abrazó a sí misma, de la manera en que lo hacía siempre cuando estaba molesta, envolviéndose como si tuviera frío, apartando la mirada de él.
Jace sintió como si su corazón estuviera siendo presionado por un puño. Se dio la vuelta hacia la reina.
—¿Ha sido eso lo bastante bueno? —demandó—. ¿Os ha divertido?
La reina le dedicó una mirada especial y secreta solo compartida por ellos dos. Tú le advertiste acerca de nosotros, parecía decir. Que le haríamos daño, que la romperíamos como podríamos romper una ramita entre los dedos. Pero tú, quien pensaba que no podía ser tocado —tú eres quien se ha roto.
—Mucho —respondió—. Pero no creo que tanto como a vosotros dos.














